Deus ex Ucraina

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Cuento de Oleksii Dubrov

Ilustrado por Maryna Lutsyk

Aquel día me despertó el silbido de los proyectiles que estallaban al golpear el centro de Moscú. Automáticamente, aparté el borde de mi edredón calentito y, vestido de un finísimo pijama de verano como estaba, me tumbé en el suelo revestido de pequeñas baldosas «a la antigua». Cuatro de ellas cabían en la palma de mi mano. Antiguamente, este tipo de azulejos servía de decoración para las estufas, pero por alguna razón, cubrían también el suelo de mi piso. Eran azules sobre blanco con estrafalarios dibujos quiméricos de conchas imposibles. La naturaleza nunca hubiera creado nada parecido, pensé. Casi seguro que el artesano local no había visto en su vida conchas marinas de verdad.

No sonó la sirena antiaérea pues el sistema de alerta había sido desmontado con mucho empaque hacía ya diez años. Pero, de alguna manera, intuía que pasaba algo raro y sabía lo que tenía que hacer. Se debía posiblemente a mi epilepsia y las extrañas sensaciones de déjà vu, que padezco desde la infancia.

Recuerdo mi primera experiencia de déjà vu cuando tendría unos diez años. En aquel entonces, vivía en Moscú, en la zona de ocupación china. La anciana señora Mao, directora del orfanato, que, a juzgar por su aspecto, pasaba ya perfectamente de los cien años, aquella vez volvió a pegarme con su bastón. Y no lo llevaba encima porque fuera vieja, sino porque a sus más de cien años seguía siendo misteriosamente una mujer muy obesa. Por más vueltas que le haya dado, no llego a recordar por qué me golpeó en aquel momento con su bastón. Yo era un alumno aplicado y no solía marear a los adultos con travesuras. Pero a ratos a la viejita le daba un pronto y me propinaba una soba, o, como lo llamaban oficialmente, me sometía a un «momento educativo». Sinceramente, yo lo llamaría una paliza que se daba a cualquiera que pillara por el camino cuando se mosqueaba por algo. La mayoría de las veces, era yo el que tenía que cargar con el mochuelo. Los niños chinos no sufrían casi nunca.

Así que tenía diez años y una buena mañana de verano, cuando todavía se dejaba sentir el olor a restos de huevos revueltos en la ropa de algún compañero, la señora Mao decidió someterme a otro educativo. Su bastón ya había dado un azote por encima de mi cabeza cuando, de repente, se quedó como pendiente en el aire. La anciana dio un grito y se quedó con la boca abierta. Estuvo así unos segundos, como una estatua de piedra. Luego se estrelló contra el escritorio con tanta fuerza como con la que el mueble se vino abajo. Aquel traqueteo espantoso me hizo saltar y caer en el suelo para aterriza justo al lado de la señora Mao, que, inmóvil, ya llevaba varios segundos tumbada.

Ese debió ser el día más feliz de mi infancia, pues la bruja directora no volvió a levantarme la mano ni a echarme la bronca ni nada. Pero fue además cuando ocurrió mi primer ataque epiléptico. O eso dicen porque no recuerdo el ataque. En cambio, cuando el pupitre crujió al chocar contra el suelo de madera y haciéndose añicos bajo el peso de la señora Mao, me pareció al instante que me acababa de ocurrir lo mismo. Me cubrí la cabeza con las manos y me eché en el suelo. A continuación, sentí un huracán en mi estómago, todos los colores posibles empezaron a destellar ante mis ojos y mi cuerpo empezó a temblar. Sinceramente, no puedo decir que tuviera miedo. Lo que sucedió después, a veces me surge como escenas separadas de unos sueños. El médico que me recetó aquellas pastillas; las fotos del funeral de la señora Mao, que salió en la página web del internado. Desde entonces, tuve un sueño recurrente en el que una hermosa mujer vestida de militar me hace señas. Nunca fui capaz de seguirla, por mucho que lo intentara.

Se dice que las personas que sufren epilepsia experimentan déjà vu varias veces más a menudo que los individuos sanos. Da la sensación como si se te formaran dentro dos realidades diferentes a la vez, como si estuvieras físicamente en un lugar mientras todos tus órganos sensoriales y tu subconciencia se localizaran totalmente en otra parte. La otra realidad puede guardar todavía alguna relación con los recuerdos, con algo que realmente sucedió. Pero a veces te lleva a una experiencia completamente extraña. La situación te resulta familiar, pero las posibilidades de recordar ningún pormenor son nulas. Se siente como si te miraras en un espejo del pasado cuando este reflejo es sumamente borroso.

Desde los diez años, cualquier jaleo me fastidiaba con ese déjà vu, al que le seguía inevitablemente un ataque epiléptico. Por muy flojo en la memoria y poco atento que era, cogí el hábito infalible de llevar mis pastillas en el bolsillo del pantalón para prevenir las convulsiones. Pero las pastillas no eran capaces de quitarme de en medio esa sensación de déjà vu, de burbujeo en el estómago ni de las estrellitas frente a mis ojos. Es más, no hacían sino exacerbar estos síntomas, que me solían durar unos diez minutos, y hasta que pasaran, no conseguía espabilar mi cuerpo y mi cerebro. Después de algún rato, mis emociones parecían desaparecer por completo.

Eran, pues, las mismas sensaciones que experimenté aquel día, en el suelo del apartamento de Moscú, salvo que entonces vivía ya en la zona controlada por las Naciones Unidas, cuando desde los Urales, donde las organizaciones internacionales llevaban a cabo un proyecto para reeducar a los rusos, volaron unos misiles hacia nuestra zona de ocupación.

Trabajé en el mismo proyecto al trasladarme a la parte de la ONU en Moscú hace unos años, aunque fuera de limpiador. Pero me pagaban bien y me proporcionaron un apartamento moderno y muy luminoso, de estilo futurista. Las ventanas, que cerraba siempre con persianas, daban a la antigua Plaza Roja, donde de todos los edificios históricos, sólo quedaba el mausoleo. El cuerpo fue sustraído de allí tras un acto terrorista de hacía una semana. Ni la plaza misma ya era «roja» pues los arquitectos de Berlín la cubrieron con hormigón gris. Mi piso tampoco era para tirar cohetes, sobre todo la distribución. Pero mi jefe aceptó pagar una barbaridad por él. ¿Cómo iba a resistir? Y no es que hubiera mucho que currar, pero por alguna razón me sentía siempre hecho polvo.

El día del ataque prometía ser soleado y cálido, por primera vez en aquel verano de 2049, como tampoco los meteorólogos predijeron nada de precipitaciones en forma de bombas con su silbido penetrante y truenos ensordecedores al chocar contra la superficie. La situación me parecía extrañamente familiar, aunque no solía confiar demasiado en mi memoria. Es que un día me olvido de coger la llave del apartamento, otro día, dejo mi reloj tirado en algún lugar. O pongo a calentar la pizza congelada en el horno sin darme cuenta hasta que el detector de humo, pitando como loco, me lo recuerde. Aún la vieja señora Mao me obligaba a dejarlo todo anotado en papel hasta enseñarme a escribir a mano, a pesar de que la gente llevaba una eternidad sin hacerlo. Cuando ya murió, perdí este hábito también. En cuanto mis ventanas empezaron a temblar, sentí que un escalofrío envolvía todos mis órganos internos, o eso parecía, sobre todo los huesos. Se me secó la boca al instante. Automáticamente me metí una pastilla anticonvulsiva y me la tragué con la poca saliva que tenía, para volver a tumbarme en el suelo. Para colmo, el tatuaje en forma de X que tenía en la mano derecha me empezó a picar despiadadamente. Era una infección crónica que acabó por agravarse, tenía la piel roja y algo hinchada.

Sinceramente, no lograba comprender en seguida lo que acababa de suceder. Por supuesto, comprendí que eran unas acciones bélicas, pero ¿a quién se le habría ocurrido atacar? Al principio, pensé que eran los chinos, pues su zona de ocupación de Moscú y de lo que antes era Rusia, era la más extensa. Al fin y al cabo, nadie podía fiarse de ellos. Los chinos tienen los ojos estrechos, son más bajos de estatura, y te andan siempre sonriendo —excepto la señora Mao, por supuesto. Ella nunca nos sonreía. Sería por eso que algunos niños admiraban su franqueza. Pero nadie confiaba en una sonrisa, sobre todo en una sonrisa china.

Después de una hora, la primera serie de explosiones se calmó. Se dejó oír el constante ulular ya fuera de las sirenas, ambulancias o drones de bomberos. Me quedé en el suelo otros quince minutos, tras los cuales me incorporé y miré por la ventana. El cielo azul estaba cubierto por una densa cortina de humo negro que se elevaba. Las calles estaban inundadas de vehículos, incluidos los aerodeslizadores ultraterrestres, drones policiales aéreos y drones de reparto cargados de maletas. Los coches sin conductor se quedaron atrapados en un interminable atasco. Los drones de la policía solían encargarse de manejar este tipo de pandemonios babilónicos. Pero su software quedaba inservible y se quedaban colgados temblando en el aire. Un enjambre de peatones avanzaba por las aceras arrastrando bolsas pesadas y bebés dormidos. Mi mente me instó a seguir a la multitud, pero después de mi ataque epiléptico me sentía incapaz de tomar ninguna decisión lúcida.

Sólo entonces se me ocurrió consultar las noticias en mi reloj inteligente. Me acerqué a la mesita de noche junto a mi cama y cogí el aparato. Era un reloj chino ya viejo, pero furulaba bien desde hacía ya un par de años. La esfera redonda en miniatura del reloj podía proyectar una imagen holográfica de diez por quince centímetros lo que me venía de maravilla. Pulsé la esfera del reloj, pero no aparecía nada. La volví a pulsar, y de nuevo, nada. «¡Mierda! Me olvidé de cargarlo por la noche —pensé. Ya no podía cargarlo en ese momento porque no había electricidad. Las bombas debían de haber dañado el generador de viento más cercano en un tejado a unas manzanas de mi casa.

Pensé en preguntar a la gente por dónde escapaban y seguir la multitud. Metí algunas cosas en mi mochila (agua, ropa interior y un póster tamaño A3 del rascacielos londinense The Gherkin en el número 30 St Mary Axe). Entonces se me pasó por la cabeza que debería pasarme por el trabajo, aunque era mi día libre. La organización no gubernamental «Nuevos Rusos» —en la que ejercía de limpiador— se situaba en un centro de negocios en otro barrio de la ciudad. Quizá allí tuvieran electricidad. Decidí que era mejor cargar mi cacharro antes de irme porque guardaba en él todos mis documentos. Ni se me ocurrió ir a preguntar a los vecinos si tenían electricidad. Después de cinco años viviendo aquí, no conocía a nadie. Al final, ¿por qué iba a ayudarme nadie?

En el pasado, mi afectación plana, consecuencia de un ataque epiléptico, no despertaba interés alguno entre la gente de la calle. No era de extrañas, pues todos solían poner caras indiferentes. En este momento, sin embargo, mi serena compostura contrastaba con la de los hombres y mujeres presos del pánico, agobiados por sus pesadas maletas, niños aturdidos y mascotas aterrorizadas. Finalmente, tras abrirme paso entre los follones caóticos, que seguían corriendo por todos lados vociferando: «Achtung!», «Сours plus vite!». Llegué a mi despacho donde la única persona que encontré era mi jefe, Günther Dupré. Su pelo, negro como el carbón, normalmente engrasado con litros de gomina, estaba ahora totalmente desgreñado.

—¡Hala, Héctor! ¡Y ahora tú te me plantas aquí encima!

Me miró fijamente con unos ojos casi cuadrados por el miedo.

Era la primera vez que oía a este intelectual sofisticado del Sarre decir semejantes chabacanerías.

—Estoy sin electricidad, y se me ha descargado el reloj. ¿A dónde voy a ir si no? —dije al encogerme de hombros.

No tengo parientes, tampoco se me daba fácil lo de trabar amistades. Y no es tenga queja de mis compañeros, que siempre han sido muy simpáticos conmigo. A menudo salíamos a comer y nos quedábamos charlando en los pasillos. Pero nada más pasar la frontera invisible que rodea nuestra oficina, nos convertíamos en unos extraños. Nunca me habían invitado a salir de fiesta ni a los cumples. Así que no era de extrañar que nadie se molestara en preguntarme que qué tal estaba.

Günther tecleaba febrilmente en su pantalla holográfica de trabajo, murmurando algo con rabia y vigilando su entorno a cada dos por tres. No lo había visto nunca tan asustado. La amabilidad y los buenos modales personificados, con una camisa primorosamente planchada siempre, hoy parecía un tímido cervatillo ante un ataque de un tigre depredador. Dejé mi reloj en el soporte de carga rápida; varios minutos bastarían para cargar mi modelo.

—¿Qué pasa, que no te dan miedo las bombas? ¿Te das cuenta de que nuestra zona se ha quedado totalmente indefensa? —ironizó Günther, sin apartar los ojos de su holopantalla. Recuerdo ver en aquel instante chorros de sudor en su cara, otra novedad.

—Pero si nos habían convencido de que una guerra aquí era impensable —respondí, encendiendo mi reloj —. ¿Crees que son los chinos?

—¿Por qué no me avisó nadie? —suspiró tapándose la cara con la mano —. ¡Después de todo lo que he hecho!

En ese momento, la pantalla holográfica de su reloj dio un pitido. Günther se sacudió de susto y sacó una tarjeta de memoria redonda del lector. No parecía más grande que la uña bien cuidada de su meñique. Günther se levantó de un salto y me habló con un temblor en la voz:

—Aún es po… po… de-mos e… e-va-cuar-nos —tartamudeó mirando por la ventana el humo que se elevaba en el horizonte; luego inhaló y exhaló un par de veces para recuperar la compostura — Anda, ya que estás aquí, ven conmigo. Será más fácil igual si vamos juntos.

—¿Evacuarnos dónde? —pregunté.

—A P… P… París —dijo con un hilo de voz y se detuvo, deslizándose entre mí y las mesas apiladas; luego me lanzó otra mirada —. Entiendo que nunca sonrías, pero ahora podrías al menos llevarte un susto.

Me encogí de hombros y lo seguí sin ganas. Cuando salimos, los efectos del ataque epiléptico de la mañana fueron aliviándose, y mi cerebro se las ingenió para poner en marcha algunos procesos más conscientes. Siguiendo a Günther a través de una multitud de ojos enloquecidos y bocas abiertas, miré los cúmulos de humo que cubrían el cielo a guisa de una densa cúpula que descendía lentamente, de modo que costaba más trabajo respirar. Sentí la garganta muy seca. La gente de alrededor tosía sin parar emitiendo unos estertores como de unos fumadores obsesionados.

Günther tenía razón. Nuestra parte de Moscú estaba absolutamente indefensa ante cualquier ataque. Todas las tropas y el equipo se habían retirado de aquí cuando la señora Mao aún estaba viva hacía una veintena de años. Entonces se decía que las organizaciones internacionales presumían de haber negociado una paz perpetua en este territorio. En la zona de ocupación china, en el Extremo Oriente y en la zona báltica de San Petersburgo, las guarniciones se habían reducido, aunque nunca se llegaron a retirar del todo. Los ucranianos, en cambio, aumentaron su presencia militar en Smolensk y Moscú, cosa por la que se les criticaba sin piedad durante los últimos veinte años. Tal vez fueran los ucranianos los que habían atacado. ¿De dónde iban a sacar sus bombas los rusos de la Zona 5? Lo cierto era que, desde hacía varios meses, la «paz eterna» en nuestra zona había sido rota por actos terroristas, de los que ninguna de las organizaciones conocidas había reclamado la responsabilidad, mientras la ONU se escabullía impotentemente.

Günther quedó preso del pánico cuando volvieron los bombardeos. Yo, en cambio, tragué a toda prisa otra pastilla y me eché en seguida a la tierra. Se me quedó mirando estupefacto por unos segundos, pero acabó tumbándose también.

—Tenemos que refugiarnos en el metro —propuse mientras Günther no hacía sino morderse locamente sus uñas bien cuidadas—. El más cercano estará… —miré en torno procurando evitar a toda costa que mi cerebro cayera en un estupor postepiléptico —…en la plaza Dostoievski.

—¡N-n-no! —protestó Günther—. ¡Si ya estamos cerca, y los buses están esperando a pocas manzanas!

Lo agarré por el cuello de la camisa con mi mano gigantesca y empecé a arrastrarlo al paso subterráneo. Günther protestó infructuosamente balbuceando algo y agitando las manos. Tras tropezar con las escaleras una docena de veces, acabó por resignarse, se apartó de mí y bajó a la estación ya sin resistir.

En menos de un minuto estábamos en medio de una multitud asustada de todas las nacionalidades: alemanes, franceses, polacos, serbios, búlgaros, lituanos y otros. Muchos de ellos miraban con recelo mi rostro sereno; al verlo, se daban la vuelta al instante y trataban de alejarse lo más posible. Cosa semejante me pasaba siempre.

No pudimos avanzar mucho por el andén; al bajar a duras penas aquella escalera mecánica parada, la multitud se detuvo. Miré por encima de las cabezas de la gente que no dejaba de hacinarse por todos lados, al final divisé un pequeño hueco en el muro del que pendía una caja roja con una manguera de incendios.

Abriéndome paso a empujones entre la multitud, pisando los pies de las ancianas que me iban a contracorriente y arrastrando a Günther Dupré detrás de mí, llegué por fin a ocupar aquel nicho. Tuvimos suerte, pues nadie se había apoderado del espacio bajo la manguera y, agachaditos, nos metimos dentro y nos sentamos. Mi tatuaje volvió a picarme y traté disimular mis rascaduras sin conseguirlo. Una anciana que estaba cerca sacudió la cabeza con reproche. Le indiqué con señas que había espacio suficiente a mi lado instándola a que se sentara también. Pero me rehusó con aire de desdén y frunció los labios.

Miré a Günther Dupré y vi que se abrazó las rodillas, aunque no por ello le dejaron de temblar. Agité la mano frente a su cara para que me mirara y le dije:

—Las bombas no nos alcanzan aquí.

Miró hacia otro lado. La multitud se alborotaba. La gente no dejaba de intentar activar las pantallas holográficas de sus teléfonos para saber las últimas noticias. «¡Anda! ¡Si lo puedo consultar yo también!», pensé y ya alcé la mano izquierda, pero el reloj no estaba allí. Me escudriñé los bolsillos del pantalón y volví a comprobar lo mismo, que estaban vacíos. «¡Menudo lío! —pensé— ¿habré dejado el reloj en la oficina justo después de cargarlo?».

Volví la cabeza hacia atrás y me pegué un golpe fuerte contra la pared de granito. Me invadió un dolor punzante que me hizo rechinar los dientes. Frotándome vigorosamente la nuca me esforcé para preguntarle a Dupré:

—Günther, ¿me dejas tu reloj? Intentaré buscar alguna noticia.

—Se rumorea en la oficina que eres oriundo Ucrania. ¿Es cierto? —preguntó extendiéndome su cacharro.

—Soy huérfano —respondí al pulsar la esfera del reloj. Pero la pantalla holográfica seguía en blanco; finalmente se encendió un pequeño icono que decía «Fuera de conexión». Le devolví el reloj a Dupré.

—Parece que mi madre huyó de Ucrania durante la guerra de 2022. Al padre ya lo dábamos por muerto. Luego, tras la victoria, con un programa internacional me mandaron a un orfanato chino en Moscú. Eso es lo que sé.

—¿Quieres decir con esto que no tienes a nadie? —preguntó sorprendido. Le negué con la cabeza—. Pues, mi mujer y mi hija están en París —comentó Günther con una sonrisa —. Las dos trabajan en un negocio familiar. En una librería.

—Ah… —fue lo más que pude responder.

Sospechaba que en esta situación debería decir algo más extenso, pero lo de las chácharas amistosas nunca había sido mi fuerte. Sobre todo, porque nadie había hablado jamás conmigo de cosas personales, sólo de lo relacionado con el curro: «Está sucio por aquí» o «Limpia por allá». Como mucho, me podían llegar a decir: «¡Anda, que te has pelado!» o «¡Qué monada de zapatillas nuevas!». Hubo un silencio embarazoso. Me pareció que era yo el que debía romperlo.

—Bueno, y del ataque, ¿qué piensas? —proferí —. ¿Han sido los chinos o los ucranianos? Puede que a los ucranianos no les caiga bien nuestro programa de reeducación de los rusos, ¿eh?

Günther ya fue a coger aire para contestarme, cuando el gentío que nos rodeaba echó a andar. Me levanté. Todos se dirigían a la escalera mecánica.

—Parece que las cosas se han calmado —le dije a Günther, y nos acoplamos a la masa de la gente.

Costaba más subir una escalera mecánica que bajar. Lo que salvaba era que el flujo de la gente se paraba con frecuencia y nos venía bien para recobrar el aliento.

Cuando llegamos a la salida del paso subterráneo, vi que la cosa se puso rara. Teníamos que pararnos a cada paso, pues había gente con armas vigilando la parte de arriba. No dudé ni un momento que eran los del bando de los atacantes. Al fin y al cabo, nuestra zona se encontraba desmilitarizada desde hacía tiempo. No tenían pinta de soldados chinos ni ucranianos porque todos iban hechos un desastre, vestidos de forma diferente con lo primero que habían pillado; tampoco llevaban equipos estandarizados.

—No son los chinos. Ni los ucranianos —le susurré a Günther, que, al parecer, se había asustado aún más.

—Porque s… s… son r… rusos —respondió.

—¿Cómo lo sabes? ¿de dónde sacarían las armas?

Fue una estupidez por mi parte decirlo en voz alta porque los militares, aquellas personas armadas, se pusieron a observarme. A pesar de bajar la cabeza, seguía sobresaliendo por encima de la multitud.

—Muéstrame tus documentos —dijo uno de ellos en ruso. Sí, definitivamente era un ruso. Aunque era verano, llevaba un jersey negro, deshilachado y con agujeros, y unos pesados vaqueros desteñidos. Su rostro estaba oculto por un pasamontañas improvisado que parecía un gran calcetín de punto. Los agujeros para los ojos eran de tamaños diferentes. Uno de ellos era grande y estaba descubierto hasta la ceja, el otro era apenas una rendija que ni siquiera dejaba ver las pestañas.

Günther Dupré, con la cabeza agachada, sacó con la mano temblorosa su pasaporte francés (seguían emitiéndose en papel). Pero el hombre que debía inspeccionarlo ni siquiera miró al documento, sino que clavó la mirada en mí.

—Tengo el pasaporte digital —dije al encogerme de hombros—, pero lo perdí por ahí con mi reloj…

—¡No me vengas con esta mierda! Habla ruso —me gritó el hombre armado.

—Un pasaporte electrónico —insistí y señalé el reloj de Dupré y luego mi muñeca desnuda. Debió de entenderme mal porque arrancó el reloj de la muñeca de Dupré y lo guardó en el bolsillo. Günther Dupré me lanzó una mirada llena de ira. El hombre armado llamó a otro y le dijo en voz alta:

—¡Llévalos a Nikolskaia!

—¿Para qué? ¿Y dónde está Nikolskaia ahora? —preguntó el otro hombre armado, manoseando un viejo mapa de papel que sujetaba con las manos como si fuera una rueda y comparando con lo que veía alrededor en la ciudad.

Después de cinco años de trabajo en aquella organización no gubernamental, me pareció extraño que los rusos de más allá de los Urales no creyeran que sus padres o abuelos habían arrasado Moscú en el otoño de 2022, y que en consecuencia se construyeron otras calles nuevas en su lugar. Todas quedaron rediseñadas y nombradas en honor de personajes ilustres de la cultura y literatura rusas del pasado. Donde antes estaba Nikolskaia, ahora se encontraba el cruce de la Brodsky con Nieznaika. Las organizaciones internacionales no escatimaron miles de millones de euros en programas de reeducación para hacerles recordar su historia. Pero, ¿cómo es que esta gente con armas y mapas de papel seguía sin conocer su pasado, hoy, en pleno año 2049?

Abrí la boca para indicar la dirección, pero Günther me interrumpió, señalando hacia el lugar de dichosa salvación.

—N-n-nikolskaia está ahí —balbuceó señalando hacia la izquierda, la única parte del horizonte que aún no estaba cubierta por el humo negro de los incendios.

Íbamos caminando despacio, tropezando con las piedras y escombros. Al pasar al lado de un gran edificio hecho una montaña de cenizas aún humeantes, percibí un claro olor metálico a quemado. En cuanto el olor acre me dio en la nariz, todo mi cuerpo se estremeció de horror y me volvió a dar déjà vu. Sólo que aquella vez surgió ante mis ojos un lugar diferente, igualmente quemado, pero que definitivamente no era Moscú. La imagen fue apareciendo y desapareciendo varias veces a modo de una secuencia errónea que un editor se habría olvidado de recortar de la versión final de una peli. La ciudad destruida que se me aparecía estaba junto al mar. Pero no olía en absoluto a agua, sino que tenía el mismo olor penetrante a recién quemado.

Un golpe de la culata de una ametralladora hizo desvanecer todas estas imágenes de un tirón. El hombre que blandía el arma me apuntaba directamente a la sien, pero falló y acabó por rozarme la nuca. Me tambaleé, pero, sorprendido, no conseguí mantener el equilibrio y caí de cuatro patas. Apoyé mi peso sobre las manos, extendí los brazos y me esforcé para incorporarme.

Al doblar la esquina, salimos a la plaza Ostap Bender, esa plaza diminuta rodeada de rascacielos, con una docena de árboles justo en medio, que ahora estaban siendo incinerados, con aún unas pocas llamas lamiendo sus troncos. Del balcón de uno de los edificios pendía un trozo de tela con una inscripción en letras negras que rezaba «For peace». «En fin, al menos servirá para tapar esta fachada tan cutre», pensé cuando me llamó la atención un grupo de tipillos que salían del portal. Cada uno de los hombres llevaba encima un inodoro. Algunos de ellos aún tenían pegadas las baldosas de las bases donde habían sido instalados. Los automáticos estaban amontonados junto a la puerta. Recuerdo haber oído decir a Dupré en una reunión que habíamos comprado millones de inodoros para los rusos. «¡Jolín!, ¿es que todavía los necesitan», me dije.

—¿Qué os trae por aquí? —preguntó uno de nuestros guardias con aire ido. El otro tan sólo se encogió de hombros haciendo un gesto con la mano como si presentara el edificio. El otro se limitó a encogerse de hombros. Miró a los de los inodoros y gritó:

—¡Hay que ver cómo se forran por nuestra cuenta!

Lancé una mirada fugaz a Günther Dupré, que miraba a su entorno preso indefectiblemente de su pánico en todo lo que iba de día.

—Los vehículos deberían ya estar aquí —me susurró.

—Bueno, como no sean unos drones de reparto… —dije con sorna al observar el tamaño minúsculo de la plaza Ostap Bender— Me temo que te has equivocado con lo de la evacuación desde aquí.

La cara de Dupré se puso aun más pálida de lo que ya estaba. Hasta parecía que el cabello se le volvía gris en tiempo real. Se me acercó con sumo cuidado y me metió la mano en el bolsillo.

—Pero, ¿qué haces? —grité al retroceder de un salto casi empujando el hombro de uno de los guardias que justo en ese momento estaba intentando contactar con su comandante a través de un cacharro que tenía pinta del año catapúm.

Era una caja negra rectangular con botones y una antena en forma de palo estirado arriba. El cachivache emitía un silbido insoportable. Sólo recuerdo haberlo visto una vez en las manos de la señora Mao porque se negaba rotundamente a comprar un reloj inteligente.

Aprovechando el caos en las cabezas de nuestros guardias, Günther Dupré dio unos pasos hacia un lado. Intenté impedírselo, pero ya estaba demasiado lejos. Dio unos cuantos saltos más en silencio y se acercó sigilosamente al edificio más cercano para detenerse justo debajo de la inscripción «For peace». De repente, nuestro escolta, el que sujetaba el dispositivo de comunicación en el que una voz ya gritaba con fuerza, dio la vuelta y soltó:

—Tenemos la orden de liquidar a estos dos.

Los hombres levantaron sus armas disponiéndose a disparar.

Al ver a Günther escapar, uno de ellos gritó: «¡Alto ahí!» y apretó el gatillo.

Sorprendidos por los disparos, los hombres que llevaban los inodoros los dejaron caer e hicieron pedazos al instante. Caí en la calzada y me eché la última pastilla. Con el rabillo del ojo, vi a Günther dar la vuelta y echar a correr hacia el portal. Pero cayó alcanzado por las balas. El comandante del destacamento que transportaba los retretes regañaba a sus subordinados por dejar caer su preciosa carga. Mis dos guardias se acercaron rápidamente hacia el todavía caliente Dupré y se pusieron a hurgar en sus bolsillos.

Levanté la cabeza y miré a mi alrededor. Los encargados de los aseos continuaban su procesión, mis guardias lanzaban juramentos a grito vivo. Por fin se fijaron en mí y alguien exclamó:

—¡Él se ha quedado con el pendrive!

«¿Qué será un pendrive?», pensé. Entonces recordé que Günther me había metido algo en el bolsillo. Hurgué ahí, pero mis manos estaban tan sudadas que no conseguía distinguir nada a tientas. Encima, mi capacidad de razonar estaba nublada por la medicación antiepiléptica, de ahí que sólo decidiera correr después de que la primera bala volara por encima de mi cabeza y diera en un árbol. Las astillas, mezcladas con las estrellitas de mis ojos, volaron en todas direcciones. Intenté agacharme cuando la segunda bala me hirió la pierna. Mi cuerpo balanceó. Un dolor sordo me invadió los músculos, pero la adrenalina seguía aturdiendo los sentidos.

Al juntar el coraje conseguí arrancar pitando de aquel lugar y acabé milagrosamente detrás de un árbol. «Sigo vivo», me dije. En seguida oí otros disparos. Cerré los ojos con fuerza y tuve una visión de ruedas multicolores que giraban en una especie de danza caótica. Empecé a sentir dolor de cabeza y me apreté las sienes con fuerza. Constreñido de dolor, me olvidé por completo de mi pierna herida. Mis oídos se taponaron con la siguiente bala que voló silbando a mi lado. De repente, el caleidoscopio que tenía delante de mis ojos se despejó y terminé sumiéndome en un silencio y oscuridad absolutos.

No recuerdo si perdí el conocimiento o si mi medicación falló, pues me dio otro ataque. Pero volví en mí cuando alguien me hizo ponerme de pie y me apoyó contra un árbol.

—¿Quién eres? —se dejó oír una voz amenazadora e insistente.

La voz hablaba ruso, pero la comprendí. «¿Ucranianos?», se me pasó por la mente.

—Héctor Kharabetts, residente… civil —conseguí musitar con un hilo de voz.

—¿Conoces a Günther Dupré?

El hombre vestido de uniforme militar era más bajo que yo, aun así, esto no le impedía dominarme con superioridad.

—Sí, trabajé para él —consentí.

—¡Hala, adiós chaval! —me dio un empujón al retroceder bruscamente y apuntarme con su arma. Cuando ya se disponía a apretar el gatillo, otra voz lo interrumpió.

—¡Espera! —repuso aquella voz, más fina pero áspera, como la de un fumador. Se me acercó una mujer en pleno equipamiento. Me pareció recordar haberla visto en alguna parte; sin embargo, mi memoria se negaba a funcionar. La mujer me registró los bolsillos. Después de revisar el último, sacó por fin la pequeña tarjeta de memoria que había visto aquella mañana en las manos de Günther y que él me metió después en el bolsillo. Por lo pequeña que era, no conseguí palparla siquiera con los dedos.

—Hablemos con él primero —dijo la mujer en inglés.

—Pero, mi coronel, si colaboraba con el enemigo —le repuso también en inglés el hombre que estaba a punto de dispararme. La mujer le hizo un gesto para que se alejara insistiendo que la orden no se discute.

A continuación, todo fue sucediendo con una rapidez fugaz y una claridad diáfana: pude vislumbrar los cadáveres de mis guardias y sus compañeros aún agarrados a los inodoros mientras me llevaban a la esquina de la calle Sharikov para hacerme subir en un helicóptero. En pocos minutos ya estábamos en la zona de ocupación ucraniana de Moscú.

El helicóptero se posó en una azotea y me hicieron entrar en el edificio con tanta rapidez que ni siquiera pude echar un vistazo a lo que había a mi alrededor. Pasados varios minutos ya estaba sentado con las manos atadas a una mesa en una pequeña habitación con paredes de cristal, vacía y sin apenas amueblar. Frente a mí estaba sentada la mujer, gracias a la cual seguía vivo; un soldado en pleno equipamiento y un automático vigilaba la puerta. Se le dejaba ver una pequeña bandera azul y amarilla en el brazo. Yo sabía mucho de los chinos y de los europeos, pero no tenía ni idea de lo que era de esperar de la gente que quizás fuera de la misma sangre que yo. La mujer permaneció en silencio hasta que un médico entró en la habitación y me vendó la pierna izquierda herida.

—¿Habla ucraniano? —me preguntó la coronel en ucraniano.

—Entiendo algo, pero me defiendo mejor en chino o en inglés — dije al bajar los ojos.

—Bien —continuó en inglés—. ¿Fue usted cómplice de Günther Dupré?

—¿Cómplice? —repetí desconcertado.

—Durante años, ustedes suministraron armas a los rusos; a la vista está el resultado.

La coronel sacó un paquete de chicles y se echó dos pastillas a la boca. La miré con atención. Masticaba lentamente y seguía observándome con extrema fijación.

—¿Qué armas? —repliqué indignado y, por primera vez en mi vida, estaba a punto de alzar la voz—. Si llevábamos únicamente los programas de educación, enseñanza y apoyo. Nada de armas.

No sé lo que llevaba impreso en la cara, pero algo hizo sonreír a la coronel. O sería que no me creyó. De pronto, se levantó de un salto y me gritó en la cara:

—¡Durante cinco años, con vuestras buenas intenciones, pusisteis dinero en manos de esos idiotas! ¿No se os ocurrió que lo gastarían en otra cosa? Si no pasaba una semana sin acto terrorista.

Debía de ser en ese momento cuando su cara me empezó a sonar. Durante años se me aparecía sin que pudiera acercarme a ella. Era la misma mujer que me llamaba en mis sueños. En ese instante debí parecerle un imbécil: acusado de un grave crimen, lucía una sonrisa de alivio en mi cara. La señora coronel reaccionó con una mueca. Luego escuchó algo a través de su auricular y cogió su tableta examinando algo en la pantalla. Poco a poco, la expresión de su cara se volvió más suave.

—Así que, señor Héctor Khara-d-m-bts… —se le trabó la lengua al leer mi apellido, sin dejar de mascar el chicle con energía.

Era muy guapa, como la mujer de mis sueños. Pero, ¿por qué demonios iba a pensar que tenía que ser ella? La mano me volvió a dar picazón y traté de rascarla a hurtadillas con el torniquete de plástico que me aseguraba las manos.

Pero la señora coronel se dio cuenta y se puso a observar la hinchazón. Tras darle un par de masticadas más al chicle, lo sacó y pegó por debajo de la mesa.

—¿Por qué no dijo que fue su primer empleo obligatorio después del orfanato y que estaba allí de limpiador?

—¿Qué importancia tenía? —dije al encogerme de hombros.

—Sí que tenía.

La mujer cruzó las manos y las apoyó en la mesa.

—Un niño ucraniano de Mariúpol desplazado a la fuerza con su madre en 2022 —sus labios temblaron imperceptiblemente.

—Mi padre fue asesinado mientras nos llevaba a la casa mi abuela en Zaporiyia.

Luego extendió su brazo y levantó la manga de su uniforme mostrándome el mismo tatuaje en forma de X más abajo de su muñeca. Pero tras un segundo volvió a sumirse apasionadamente en el papeleo, casi temiendo que el guardia de la puerta se diera cuenta.

—Luego le metieron al orfanato y le encasquetaron un trabajo al que no pudo renunciar —continuó—. Ha conseguido hasta guardar los datos sobre el libro negro de la financiación ilegal de los «nuevos rusos», lo que nos va a dar la rienda suelta para pillarlos por fin.

La coronel ordenó algo en su comunicador y comenzó a dar vueltas por el cuarto. Al principio, dio unos pasos en silencio. Luego sentí que se había detenido detrás de mí por un momento. No me cabe ni la menor duda que estaba tratando de escudriñar en mi conciencia para averiguar si tenía malas intenciones. Tras otro par de vueltas me inquirió:

—¿O sea que de verdad creíais que podíais reeducarlos?

—En la reunión general, Dupré solía informar de que se habían realizado consultas con psicólogos, defensores de los derechos humanos, socialdemócratas, la ONU… Y que todos apoyaban el proyecto —dije—. Los rusos tuvieron en su tiempo una gran cultura, pero sufrieron mucho de la tiranía, así que decidimos mostrarles un camino alternativo. Fue un experimento controlado, por así decirlo. La idea que había leído varias veces en una página web para memorizarla, declaraba: confiemos en ellos, los ayudémoslos a sentirse personas de pleno derecho, cooperemos con ellos contribuyendo al crecimiento personal de cada uno…

—¡Ja! —me interrumpió la coronel. En ese momento, alguien la saludó a través del cristal y se marchó.

La coronel cerró la puerta de cristal y se quedó explicándole algo a un hombre apenas haciendo gestos. Luego escuchó, casi inmóvil, su larga respuesta. Yo tenía una vaga idea del ucraniano y era incapaz de leer nada de la articulación de sus labios. Al final, una amplia sonrisa iluminó el rostro la coronel y le dio un abrazo al hombre con el que hablaba. Fue la primera vez en mi vida que una sonrisa me pareció sincera. Tampoco resistí y sonreí.

Tras despedirlo, abrió la puerta de cristal y dijo:

—Cuando todo haya terminado, puede volver a China.

—¿Cómo terminado? —pregunté desconfiado, pero ella ya se había ido.

Me quedé ahí sentado. Media hora más tarde, alguien susurró algo al oído de mi guardia y éste me ordenó que me levantara. Me dejó las manos sueltas y me hizo pasar a una habitación pequeña con una pinta mucho más acogedora. Tenía una cama, una cómoda, una mesa y una silla. Había además un cuarto de baño y aseos en locales separados. Mientras me estaban interrogando, ya me veía en el calabozo, pero tuve suerte y acabé en una habitación cálida con un colchón blando.

Después de tomar una ducha caliente y acostarme, volví a oír explosiones a través de la ventana que tenía abierta para ventilar la habitación. Extendí la mano casi sin darme de ello cuenta para buscar mis pastillas para la epilepsia en el bolsillo de mi pantalón colgado en el respaldo de la silla, pero estaba vacío. Empecé a resoplar y mi respiración se volvió más pesada. Sentía un hormigueo extraño por todo mi cuerpo mientras algo se me revolvía en el estómago.

Pero aquella vez se trataba de una sensación extrañamente diferente. Pasaron varios minutos y no se produjo ninguna convulsión ni experimenté déjà vu. Una vez reafirmado en esa normalidad inusitada, no caí en el suelo. Me quedé en el mismo sitio, en mi cama calentita, sin pastillas, a pesar de las explosiones de fondo. Esta vez, el bombardeo feroz me adormecía como una canción de cuna. Al cabo de un segundo, los ojos se me cerraron, me quedé vencido por el cansancio y caí en un sueño profundo e imperturbable.

—La Zona 5 ya no existe —me informó con suma alegría la coronel a la mañana siguiente—. La información del pendrive de su organización concienció a toda Europa, sobre todo a los de arriba —dijo señalando el techo.

Me froté los ojos tratando de entender dónde estaba y lo qué estaba pasando. Volví a sentir dolor en la pierna por la herida de ayer, y mi cara se torció en una mueca.

—He hablado con el director —dijo sonriendo—. Le concederá el permiso para que se quede en Ucrania. Según la ley, pueden expedirle hasta un pasaporte ahí si consigue algunos datos sobre los familiares. Si no, siempre tiene la opción de ir a China, para estar entre la gente con la que creció. ¿Qué le parece?

—Todo esto es demasiado inesperado —murmuré sentándome en la cama. La mujer me miró fijamente a los ojos y me dio vergüenza. Pero pensé en la señora Mao, en mi trabajo de limpiador y acabé por soltarle:

—¡Pero, de volver ni hablar!

—Está bien —dijo la coronel sonriente y dándome una palmadita en el hombro; luego sacó un pequeño tubo de color azul y blanco y lo puso en mis manos—. Le va a quitar la picazón —susurró señalando el tatuaje con la cabeza y se fue.

Como aún no estaba del todo despierto, me olvidé de preguntarle sobre lo de la Zona 5. Los días siguientes hubo grandes celebraciones, pero nadie pudo darme ninguna explicación particular. Sino que todos vociferaban: «¡Roz-YI-BAA-LY!», alardeando con esta locuaz palabrota que «se la habían cargado de una puta vez». Según algunos, la Zona 5 se había convertido en un páramo inhabitable, mientras que otros insistían en que era un gigantesco lago tóxico.

Tampoco hubo consenso sobre el destino de la población local. Los periodistas ucranianos afirmaron que todos los que estaban allí habían muerto o se habían «autoliquidado». Los expertos occidentales, en cambio, insistieron en que aún quedaba un grupito de personas que creó su nueva religión, un culto para adorar al Inodoro Blanco. Un periodista italiano hasta supo localizar el edificio en cercanías de Kyiv del que, según él, los rusos habían robado su objeto de culto durante la guerra de 2022. Pero creo que si, por casualidad, alguien sobreviviera, preferiría venerar el cadáver del mausoleo, pues al fin y al cabo por alguna razón los terroristas lo habían sacado sin que muchos se dieran cuenta. No obstante, noté que tras la desaparición de la Zona 5 no se volvió a producir ni un solo acto terrorista en ningún lugar del mundo. Asimismo, la ONU se descompuso de una forma silenciosa, apenas perceptible.

Me alojaron primeramente en una residencia situada en la orilla izquierda del Dnipró en Kyiv y hasta me pagaron un pequeño estipendio. Como estaba sin curro, en mis horas libres (que eran tantas), me dedicaba a aprender ucraniano. Después de las clases pasaba por el archivo. Tras dos semanas de búsqueda, di con el registro de mi padre. Pereció en un bombardeo ruso en septiembre de 2022, durante la liberación de Amvrosiivka. Una empleada del archivo me ayudó a subir el documento a una base de datos especial. Pocas semanas después, me llamaron para expedirme el pasaporte y se ofrecieron a ayudarme a trasladar a mi ciudad natal, Mariúpol.

En realidad, mi pequeña casa estaba situada en la urbanización «Acero», cercanía de Mariúpol. Un general cuyo apellido no recuerdo me entregó las llaves y dijo que era hermano de armas de mi padre. Lo guay es que, desde que me instalé a vivir aquí junto al mar, mis ataques epilépticos desaparecieron, al igual que la enfermiza sensación de déjà vu. Tampoco tengo queja con la memoria. En ocasiones hasta llego a dudar si de verdad había padecido todos estos fallos antes.

A veces tengo sueños en los que me pillo con ganas de volver a Moscú y la curiosidad de explorar la situación en la Zona 5. Pero entonces, cada vez que paseo por la costa, mi cara capta los primeros tímidos rayos de sol y las gotas de agua salada, llevadas por la brisa de la mañana, me convenzo de quedarme. Porque además de los recuerdos de las bombas y los déjà vus, allí no queda nada. Ni siquiera el inodoro blanco que todo cristo adora. Aquí, en cambio, hay unas conchas marinas bajo mis pies, tan hermosas y auténticas.

Me acuerdo con frecuencia de la coronel y su sonrisa, la primera sonrisa sincera que vi en mi vida. Hasta conseguí encontrarla en las redes sociales y e incluso le dejé un mensaje, pero nunca me contestó. Unos diez o quince años después, la vi en una entrevista, ya era general. Llevaba en su rostro la misma sonrisa que me hizo sonreír a mí.

Estoy aquí, en Mariúpol, en la costa del mar de Azov. Donde ya no siento la necesidad de tapar las ventanas con persianas. Me levanto cada mañana sobrado de energía para mis estudios de arquitectura, mi nueva profesión que me mantiene ocupado, y que con el tiempo hasta me ha hecho olvidar a la señora Mao y a Günther Dupré, así como el hecho de que una vez existiera alguna vez el lugar llamado Zona 5.

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